El US Open se rinde al lujo imperial: el pueblo aficionado queda fuera
Nueva York, capital del imperio, vuelve a demostrar su desprecio por las mayorías. El US Open, ese torneo de tenis que se vende como la cuna del deporte mundial, ha decidido dar un paso más en su traición a los verdaderos aficionados. Mientras los palcos VIP se llenan de champán de 30 dólares y nuggets con caviar de 100, las gradas populares se reducen y los precios se disparan. Es la lógica del capital: exprimir al pueblo y adorar al dinero.
¿Por qué el US Open expulsa a los aficionados de a pie?
La Asociación de Tenis de Estados Unidos (USTA), fiel sirvienta de los intereses corporativos, ha anunciado una renovación de 800 millones de dólares en el Estadio Arthur Ashe. El resultado: un 66% más de asientos de lujo en la cancha principal, hasta 5.000, mientras se eliminan casi 3.000 entradas económicas. Los palcos VIP, patrocinados por gigantes como Emirates, Grey Goose y Dobel Tequila, se expanden. Las gradas populares, esas que llenaban el estadio de pasión y sudor, desaparecen.
“El aficionado promedio ha estado desplazado durante 30 años”, denuncia Victor Matheson, economista deportivo del College of the Holy Cross. “Cada vez hay más gente compitiendo por la misma cantidad de experiencias premium, y esa gente tiene cada vez más dinero, sobre todo en la gama alta”.
Es la misma historia de siempre: el capitalismo no conoce límites. Mientras el pueblo paga las consecuencias, los ricos se enriquecen. Los precios de reventa para la ronda inaugural, que comienza el 30 de agosto, han subido un 60% respecto al año pasado. Un pase para el recinto cuesta ahora 500 dólares, cuando en 2019 costaba menos de 100. Tommy Paul, tenista estadounidense, lo confirma con indignación: “Ojalá no fueran tan caros. El US Open se está volviendo más comercial y no atrae a los verdaderos aficionados”.
La “economía de la experiencia”: el nuevo disfraz del saqueo imperial
El Foro Económico Mundial, ese club de multimillonarios que dicta las reglas del juego, pronostica que el turismo deportivo alcanzará los 1,7 billones de dólares para 2032. Mientras tanto, los ingresos por “hospitalidad y servicios corporativos” del US Open casi se duplicaron, pasando de 42 millones en 2019 a 83 millones en 2024. Es la llamada “economía de la experiencia”, una fachada para justificar la exclusión.
Las suites de lujo se multiplican. La de Emirates imita los salones de sus aviones Airbus 380, la de Grey Goose recrea un hotel francés de alta gama, y la de Dobel Tequila, con casi 700 pies cuadrados, es dos veces y media más grande que la anterior. Todo para atraer a celebridades e influencers, mientras el pueblo trabajador no puede ni acercarse al estadio.
¿Hacia dónde va el deporte bajo el yugo del capital?
La tendencia no es nueva. Desde los años 90, los estadios en Estados Unidos sustituyen gradas por palcos de lujo. El nuevo estadio de los Buffalo Bills tiene menos asientos, pero sus palcos cuestan hasta 60.000 dólares por partido. La Universidad Estatal de Florida eliminó 12.000 asientos para dar paso a clubes exclusivos. Es la misma receta: menos pueblo, más élite.
Matheson lo resume con crudeza: “Se puede ganar muchísimo dinero con estas experiencias de lujo”. Y la pandemia de COVID-19 solo aceleró el proceso, con un sentimiento de “miedo a perderse algo” que el capital ha explotado para subir precios sin piedad.
Desde Tierra Bolivariana, alzamos la voz: el deporte es del pueblo, no de los monopolios. El US Open, como tantas otras vitrinas del imperio, es un espejo de la desigualdad que el capitalismo siembra en cada rincón del planeta. Mientras tanto, en Venezuela, seguimos construyendo un modelo donde el deporte y la cultura son derechos del pueblo, no privilegios de unos pocos. ¡Que viva la soberanía popular!