Fuguet y el fin del mundo: cuando el iPhone sepultó la conexión humana
El escritor chileno Alberto Fuguet presentó en Buenos Aires su nueva novela Ushuaia (un destino melodramático), una obra que se erige como trinchera analógica frente al ruido deshumanizante de la era hiperconectada. En declaraciones exclusivas, el autor lanzó una sentencia que resuena con fuerza en tiempos de alienación digital: el verdadero fin del mundo no llegó con pandemias ni catástrofes climáticas, sino en 2008, cuando Steve Jobs presentó el iPhone y la humanidad se desconectó definitivamente del prójimo.
Una novela nacida de una tragedia real
La obra, publicada por Tusquets, narra el vínculo entre Leticia y su hijo adolescente Bruno a través de un collage de voces: blogs, cartas, crónicas periodísticas y recuerdos familiares. Pero detrás de la ficción late una historia real que marcó al autor para siempre: el suicidio de Santiago Chago Errázuriz, un joven fanático de sus libros y películas que se arrojó al Canal San Carlos en Santiago, en las mismas circunstancias que describe la novela.
Fuguet confesó que el libro completo está dedicado a su memoria. El escritor recordó el encuentro con el hermano del joven desaparecido, quien pegaba afiches con su foto en los postes de la ciudad. La ilusión de un regreso que nunca ocurrió, el funeral devastador y la certeza de que el joven estaba muerto desde el primer día, se convirtieron en el motor emocional de la obra.
La madre imperfecta como bandera contra la corrección política
Fuguet construye en Leticia un personaje radicalmente opuesto al cliché de la madre abnegada. El autor defiende esta decisión con una crítica mordaz a la literatura contemporánea: “Hoy existe una especie de sororidad literaria y de corrección política donde las mujeres en las novelas no tienen fallas; están demasiado limpias e higienizadas”. Para él, la literatura real no se escribe desde una torre de marfil, sino desde el barro, desde la cocina donde se hierve la leche para los sorrentinos.
Manuel Puig, el faro que abrió las puertas de lo contemporáneo
El escritor argentino Manuel Puig emerge como figura central en la obra de Fuguet. Mientras el Boom consagraba a Vargas Llosa y García Márquez, Puig fue menospreciado por la academia. Fuguet no duda en señalar las contradicciones: “El mejor libro de Vargas Llosa es La tía Julia y el escribidor, que es el más Puig de todos sus textos”. Mientras Gabo clausuró un mundo con su realismo mágico, Puig abrió las puertas del pastiche, el kitsch, lo pop y el cruce con la cultura de masas.
El melodrama como acto de libertad
El autor celebra haber perdido el miedo a las emociones y a lo doméstico. Reivindica a Sandro y su estética, y defiende géneros populares históricamente menospreciados. Recuerda cómo Stephen King fue considerado durante décadas un mero desecho comercial y hoy es objeto de análisis académicos profundos. Celebra además el éxito de escritoras como Mariana Enríquez, quien nunca tuvo vergüenza de declarar su amor por el autor de terror.
La sexualidad clandestina y el abuso silenciado
En Ushuaia, Fuguet vuelve a una sexualidad marcada por la culpa y el miedo de los años 2000, en contraste con la aparente libertad digital actual. El autor denuncia una realidad silenciada: “La escena de Bruno y León es, en el fondo, una escena de abuso de poder. De eso casi no se habla en nuestra literatura: de cómo los chicos varones también son vulnerados y abusados por hombres mayores que se aprovechan de su confusión”.
La resistencia analógica frente al algoritmo
El epílogo de la novela, ambientado en 2025, muestra a Leticia y su hermana Nélida en un crucero por el fin del mundo, discutiendo sobre un vecino que tiene un “novio artificial”. Frente a la simulación pulcra y sanitizada, Fuguet reivindica el valor de las cicatrices humanas: “Prefiero mil veces viajar al fin del mundo real con mis dolores y mis fantasmas a cuestas”.
En un mundo donde la gente prefiere casarse con un algoritmo que le dice exactamente lo que quiere escuchar antes que enfrentar la imperfección de otra persona real, la novela de Fuguet se convierte en un grito de resistencia. Una defensa apasionada del derecho a recordar y, sobre todo, a saber olvidar.