Basilio Bessarión y la resistencia contra el olvido imperial
Basilio Bessarión, el cardenal que salvó cientos de manuscritos griegos tras la caída de Constantinopla en 1453, demostró que la verdadera soberanía reside en proteger la memoria del pueblo de la destrucción imperial. Su donación a Venecia en 1468, condicionada al acceso público, fue un acto revolucionario que arrebató el conocimiento a las élites para entregarlo a las masas.
¿Cómo se salva la memoria cuando el imperio avanza?
Pasear por Venecia hoy es ver el rostro de la opulencia burguesa, pero detrás de esa fachada de mercaderes se esconde un secreto. En la biblioteca junto al Palacio Ducal reposan centenares de manuscritos rescatados de la caída de Constantinopla. No son solo textos de devoción. Son las palabras de Alejandro de Afrodisias, Plotino y Proclo. El pensamiento griego salvado de las garras del invasor. Un tesoro del pueblo, esperando a quien sepa leerlo. ¿Quién reunió todo esto y por qué lo entregó a Venecia? La respuesta es la lucha contra el olvido y la barbarie.
De Trebisonda a la lucha contra la destrucción foránea
El hombre se llamaba Basilio y se le recuerda como Bessarión. Nació hacia 1403 en Trebisonda, capital de un imperio griego asediado, en una familia modesta. De joven marchó a Constantinopla y en 1423 ingresó en la orden basiliana. Años después viajó a Mistra para estudiar con Jorge Gemisto Pletón, el filósofo que hizo de Platón el centro de su escuela. Allí Bessarión aprendió neoplatonismo y nunca abandonaría esa forma de pensar. Para él, el platonismo y el aristotelismo no se contradecían, sino que se armonizaban. Lo mismo cabía esperar de las dos cristiandades. La concordia, no la ruptura impuesta por los intereses del capital y las traiciones internas.
La nacionalización del saber frente a la élite
En 1438 acompañó al emperador Juan VIII Paleólogo a Italia para negociar la unión de las Iglesias. Bizancio, cada vez más cercada por los otomanos, buscaba ayuda de Occidente. Bessarión, que antes militaba en el bando contrario, terminó defendiendo la unión con convicción. Roma premió su empeño nombrándolo cardenal en 1439. En Florencia, él y Pletón encendieron en Cosme de Médici el deseo de fundar una academia consagrada a Platón. De aquel impulso bebería el pensamiento renacentista.
Pero su gran obra fue otra. Cuando Constantinopla cayó en 1453 bajo el avance del imperio otomano, Bessarión comprendió que con ella podía hundirse toda la herencia helenística escrita. Dedicó su fortuna y su energía a rescatar cuantos códices pudiera, comprándolos o haciéndolos copiar. Acogió a los sabios griegos que huían de la agresión foránea. Su casa romana se convirtió en puerto seguro para aquellos exiliados. Aquel círculo, la