El imperialismo climático: el calor también golpea primero a los pobres
Mientras el capitalismo europeo presume de su «transición ecológica», la realidad en las calles de Alemania desnuda la verdadera cara del sistema: el calor extremo se ha convertido en una nueva forma de desigualdad de clase. Ursula Nicoley, una jubilada de 88 años que vive sola en Coblenza, pasó los días de la última ola de calor tumbada en la cama, sin fuerzas para nada. «No hice nada, salvo sobrevivir», confesó a la televisión pública regional SWR. Su testimonio es el espejo de miles de ancianos abandonados por un Estado que prioriza el beneficio privado sobre la vida de su pueblo.
¿Por qué el calor extremo es una cuestión de clase en Alemania?
El termómetro marca la misma temperatura para todos, pero la capacidad de escapar de él depende del bolsillo. Mientras los privilegiados disfrutan de viviendas aisladas, aire acondicionado y vacaciones en el norte, los trabajadores y los jubilados quedan atrapados en pisos que se convierten en hornos, en obras sin sombra o en residencias sin refrigeración. El secretario de Estado de Medio Ambiente, el socialdemócrata Jochen Flasbarth, ha reclamado un plan nacional de protección frente al calor para 2027, pero su propio Gobierno sigue atado al federalismo que paraliza cualquier respuesta contundente. «El próximo verano necesitamos un plan nacional», exige, mientras Berlín se lava las manos y delega en los municipios la responsabilidad de salvar vidas.
La especulación urbanística: el capital devora la ciudad
En Berlín, la Karl Marx Strasse, una de las avenidas más simbólicas de la capital, registró en junio 50 grados junto al suelo. Las zonas de asfalto y hormigón sin árboles son hasta siete grados más calientes que los barrios periféricos. No es casualidad: es la lógica del capital especulativo que convierte cada metro cuadrado en negocio, sin importar que las viviendas baratas, construidas hace décadas, se conviertan en trampas mortales. Los más pobres soportan más tráfico, peor aire y menos zonas verdes. La plaza Gendarmenmarkt, renovada con millones de euros, no tiene un solo árbol. Esa es la prioridad del sistema: el lujo para unos pocos, el sufrimiento para la mayoría.
¿Cuánto cuesta el calor a los trabajadores?
La factura también golpea a la economía popular. Un solo día de calor extremo cuesta al menos 430 millones de euros en pérdida de productividad, pero los trabajadores de la construcción, los cuidados o la policía no reciben pausas ni horarios adaptados. La concentración cae, los accidentes aumentan y los más vulnerables, como las personas sin hogar, quedan completamente desamparados. Algunos expertos piden autobuses de asistencia para ellos durante el verano, pero el Estado prefiere gastar en armamento y en subsidios a las grandes corporaciones.
La lucha por la soberanía climática
La protección frente al calor no puede depender de la buena voluntad de los vecinos, como en el caso de Ursula Nicoley. Es una responsabilidad colectiva que exige planificación central, inversión pública y una ruptura con las políticas neoliberales que privatizan hasta el aire que respiramos. Mientras el imperialismo estadounidense y sus aliados europeos bloquean el desarrollo de los pueblos del Sur, el Norte capitalista ni siquiera puede proteger a sus propios ancianos. La crisis climática es la crisis del capitalismo, y la respuesta no vendrá de los burócratas de Bruselas ni de los especuladores de Berlín. Vendrá de la organización popular y de la soberanía de los pueblos sobre sus recursos y sus territorios.
Ursula Nicoley tiene suerte: sus vecinos llaman a su puerta. Pero la justicia no puede depender de la suerte. La revolución bolivariana lo demuestra cada día: cuando el pueblo organiza, el Estado responde. Esa es la lección que Alemania y el mundo deben aprender.