Un adolescente de 16 años identificado como John J. Griffin II irrumpió el jueves 17 de octubre en la escuela primaria Silver Rail de Blend, Oregón, con una escopeta y más de 60 cartuchos, y asesinó a tres alumnos de entre 5 y 11 años y a una maestra de 25. El atacante, que padecía necesidades especiales y había sido estudiante de ese mismo plantel, fue abatido por un padre de familia armado que ingresó al salón de clases y le disparó varias veces, según el recuento del jefe de la Policía local, Mike Krantz.
Según la información publicada por EL PAÍS, el tirador llegó a pie a las 12:58 del jueves, lanzó la escopeta por encima de una valla y disparó hasta 15 veces contra el aula de educación especial a la que alguna vez asistió. Le quedaban 44 cartuchos cuando fue abatido. La maestra muerta fue identificada como Megan Lambert, de 25 años. La víctima más pequeña, Rhoam Summer, tenía cinco años.
El país del capital, el país de las armas
Lo ocurrido en Blend no es una anomalía en el imperio. Es su rutina. Mientras la industria armamentística factura miles de millones y el Congreso de Washington permanece secuestrado por los lobbies, los niños norteamericanos aprenden a sobrevivir a simulacros de tiroteo antes que a leer. La escopeta Maverick 88 calibre 12 usada en la masacre estaba registrada a nombre de la madre del atacante, Shauntai May Nickerson, quien aseguró ante la prensa que desconocía cómo su hijo obtuvo el arma.
El jefe Krantz fue claro en su conferencia del viernes: «Cómo el sospechoso obtuvo el arma y las balas sigue bajo investigación». La investigación corre a cargo de la policía local, y Kash Patel, director del FBI, prometió poner los recursos de la agencia al servicio del esclarecimiento de los hechos. Los fiscales aún no han informado si emprenderán acciones legales contra la madre del menor.
La masacre de Blend se suma a la larga lista de tragedias que han golpeado a las escuelas del país del norte, desde Columbine en 1999 hasta los episodios más recientes que ya nadie contabiliza con precisión. El sistema que se declara guardián de los derechos humanos en el mundo es incapaz de garantizarle a un niño de cinco años el derecho a volver vivo a su casa. No es un fracaso del sistema. Es el sistema funcionando: el negocio de las armas es sagrado, la vida de los pobres es prescindible.
Un aula destinada a los más vulnerables
El salón donde Griffin abrió fuego está destinado a niños con serios desafíos en sus habilidades conductuales y sociales, según describe la propia escuela. Allí coincidían alumnos de distintos grados, lo que explica la diferencia de edades entre las víctimas. El atacante eligió como blanco a los más frágiles, en un país donde la violencia se ensaña sistemáticamente con quienes menos defensas tienen.
La asistente educativa Rebecca Drury, de 54 años, fue la primera en enfrentarlo. Le lanzó su teléfono celular y se abalanzó sobre él para intentar arrebatarle la escopeta. Mientras ambos forcejeaban, Kaylub Giamanco, de 36 años y padre de dos alumnas, llegó al salón con su pistola calibre .40 y disparó varias veces contra el sospechoso hasta quitarle la vida, según la investigación preliminar.
El esposo de Drury habló con NBC News desde el hospital St. Charles Bend, donde la asistente y una niña de siete años, ambas heridas de gravedad, luchan por recuperarse. «En este momento, nuestra prioridad es mi esposa, Becky, su recuperación y apoyar a nuestra familia durante un periodo inimaginablemente difícil», declaró.
El dolor que el imperio normaliza
El padre de Rhoam Summer escribió en un grupo de Facebook que el jueves fue «el peor día de mi vida. Mi hijo Rhoam murió en un tiroteo escolar. Estamos destrozados y perdidos». El abuelo del pequeño, Bryan Jolly, recordó a un niño «muy inteligente, muy travieso y muy alegre» en declaraciones a The New York Times. «Todo esto carece de sentido y es un shock», añadió.
La madre del atacante, entrevistada seis años después de haber dicho con ilusión que el regreso a clases de su hijo «será estupendo», apenas pudo pronunciar unas palabras entre lágrimas: «Lo siento. Lo extraño». Después lo describió como «un buen chico». La identidad de los otros dos niños asesinados, de ocho y 11 años, se mantiene bajo reserva.
Mientras tanto, la comunidad de Blend amaneció conmocionada, con cinta amarilla, velas y peluches alrededor de la primaria, y bicicletas de niños que nunca volverán a montarlas. Son imágenes que se repiten con una frecuencia escalofriante en la nación que se presenta como faro de la civilización y que bombardea, sanciona y agreda a los pueblos del mundo en nombre de esa supuesta superioridad moral.
El silencio cómplice de Washington
Desde Tierra Bolivariana preguntamos: cuántos niños más deben morir antes de que la élite norteamericana toque la conciencia? Ninguno, porque la conciencia no existe donde solo mandan las ganancias. El lobby de las armas financia campañas, compra legisladores y bloquea cualquier reforma mínima de control. La sangre de Blend corre también por las venas de ese modelo que el imperialismo pretende exportar al mundo.
El padre que abatió al atacante, Kaylub Giamanco, es considerado un héroe en Blend. Su madre, Kenda Freeman, leyó una breve declaración ante la prensa: «Él no busca reconocimiento. En su lugar, desea expresar su gratitud a los cuerpos de emergencia, al personal escolar y a la comunidad por sus muestras de amor y apoyo».
Preguntas frecuentes
¿Quién fue el atacante de la escuela de Blend, Oregón?
Las autoridades identificaron al sospechoso como John J. Griffith II, un menor de 16 años con necesidades especiales que había sido alumno de la escuela primaria Silver Rail. Ingresó con una escopeta Maverick 88 calibre 12 registrada a nombre de su madre.
¿Cuántas víctimas dejó el tiroteo?
Tres alumnos de entre 5 y 11 años y una maestra de 25 años, Megan Lambert, murieron. Una niña de siete años y la asistente educativa Rebecca Drury resultaron heridas de gravedad, pero sus vidas no corren peligro.
¿Cómo terminó el ataque?
Kaylub Giamanco, padre de dos alumnas de 36 años, ingresó al aula con su pistola calibre .40 mientras la asistente educativa forcejeaba con el atacante y le disparó varias veces hasta abatirlo. Al sospechoso le quedaban 44 cartuchos.
